Perdonaré que no acierten, pero nunca que no se esfuercen.
Pep Guardiola
Haciendo grandes esfuerzos, extremando recursos,
periodistas, aficionados buscamos, tratamos de encontrar, de hallar atisbos de buen
fútbol, de alguna mejoría en el pajar de la altísima mediocridad que ha sentado
sus bases, su reino en nuestros equipos de fútbol, pero nos es imposible
encontrar, cada vez nos resulta más difícil engañarnos, más frustrante
ilusionarnos, a pasos agigantados nos estamos alejando del nivel de juego no sólo
de países vecinos, sudamericanos, ahora incluso de países centroamericanos,
donde el fútbol no es el primer deporte, muestran avances que los hacen más
competitivos, con certeza podemos inferir que ya no podemos caer más bajo,
donde más, es más estamos en un callejón sin salida, en el que último significa
último y aún nos preguntamos cómo es posible que hayamos llegado a semejante
nivel de mediocridad.
Culpables, no sólo es cuestión de buscar culpables y
ajusticiarlos, lincharlos social, civil, deportivamente, seis son los segmentos
poblacionales que hacen al fútbol, dirigentes, jugadores, entrenadores,
árbitros, aficionados y periodistas, de estos, jugadores y árbitros son
protagonistas, actores estelares, principales de la puesta en escena de cada
partido, dirigentes y entrenadores son personajes secundarios, en tanto que
periodistas y aficionados más que espectadores son los jueces y jurados, que fácilmente,
desaprensivamente llegan a inculpar, a juzgar que la mediocridad, la lentitud,
la escasa competitividad de nuestro fútbol, en orden de prevalencia recae
principalmente en los árbitros, los segundos acusados vienen a ser los
entrenadores, por último los jugadores, jamás se ha escuchado o leído que dirigentes,
jugadores, entrenadores o árbitros hagan mea culpa, se auto incriminen y
reconozcan sus deficiencias, errores, sus desaciertos.
Recordemos que una cadena es tan fuerte como el más
débil de sus eslabones, erróneamente o pragmáticamente en nuestro fútbol el
entrenador es considerado el eslabón más débil, difícil recordar la ingente,
fabulosa, formidable cantidad de entrenadores nacionales y extranjeros que han
pasado por los equipos y por la Selección, algunos no han llegado a pisar el
gramado y ya estaban siendo “renunciados”, basta recordar que ayer era Antonio
Carlos Zago, anteayer Gustavo Costa, antes Cesar Farías y así suman cuarenta y
nueve los Directores Técnicos que han dirigido a la Selección Boliviana en noventa
y ocho años, ahora con Antonio Zago renunciado, la dirigencia está a la
búsqueda del nuevo eslabón débil, que de mal nombre le dirán entrenador.
Más que probablemente, quizá con seguridad la principal
problemática del futbol boliviano no son los entrenadores ni los árbitros, son los
jugadores, apropiadamente el problema de los jugadores de la selección
boliviana de fútbol y de todo boliviano que juega profesionalmente fútbol, es cuestión
de la mentalidad de cada uno, porque más allá del talento futbolístico, hay que
entender las complejidades del cerebro, que cada vez está más presionado a
responder al límite por las exigencias del deporte moderno. Es triste
corroborar, comprobar como nuestros jugadores no tienen confianza en sí mismos,
demuestran escaso amor propio, una auto estima bajísima que se evidencia en
mayor grado, con mayor certidumbre al ver como se achican, como se achunchan,
como le piden permiso a la pelota para patearla, cuando enfrentan a equipos
foráneos, que recrudece y se vuelve un tema más que crítico si son equipos de primera
línea, mucho peor si tienen jugadores de renombre internacional, en esas
circunstancias colapsan deportivamente.
Sin soberbia, ni arrogancia con extremo grado de
realidad, objetividad, podemos sostener, aseverar que podrían venir a dirigir a
la Selección o a nuestros equipos Pep Guardiola, Jürgen Klopp, José Mourinho o
Carlo Ancelotti y todo será igualito pero diferente, diferente porque sólo
cobrarían mucho, muchísimo más dinero y no habrían resuelto el problema de
mentalidad de nuestros jugadores. Por ello, antes que un entrenador prestigioso,
nuestros jugadores precisan un psicólogo deportivo, si bien ya no podemos contar
con Sigmund Freud o Abraham Maslow, difícilmente el afamado Steve Peters podría
visitarnos o enseñarnos, quizá un discípulo suyo, que pueda demostrarles,
hacerles entender que no son diferentes a ningún jugador del mundo, que tienen
talentos por explotar, por demostrar, que tengan amor propio, más confianza en sí
mismos, autovaloren sus capacidades, eleven su autoestima, si a eso suman
disciplina, dedicación y esfuerzo en el trabajo, en la vida privada, en la
alimentación, el triunfo y la alta competitividad no serán hechos fortuitos ni
extraños.
Probablemente, pedir eso a jugadores que están en el
otoño de sus carreras no va a ser viable, pero sí a niños, adolescentes,
jóvenes que desean, quieren o están iniciando su carrera como jugadores
profesionales de fútbol, caso contrario nuestros jugadores seguirán,
continuarán revolcándose, regodeándose en ese maremágnum de mediocridad y
nosotros festejando nuestras escasas glorias pasadas o algún empate o victoria fortuita,
casual fuera de nuestras canchas, como si hubiéramos conquistado algún título.
Prefiero perder un partido por nueve goles que nueve partidos por un
gol.
Vujadin Boskov
José Camargo







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