Ni Pep Guardiola, Jürgen Klopp, Quizá Sigmund Freud

  

Perdonaré que no acierten, pero nunca que no se esfuercen.

Pep Guardiola

 


Haciendo grandes esfuerzos, extremando recursos, periodistas, aficionados buscamos, tratamos de encontrar, de hallar atisbos de buen fútbol, de alguna mejoría en el pajar de la altísima mediocridad que ha sentado sus bases, su reino en nuestros equipos de fútbol, pero nos es imposible encontrar, cada vez nos resulta más difícil engañarnos, más frustrante ilusionarnos, a pasos agigantados nos estamos alejando del nivel de juego no sólo de países vecinos, sudamericanos, ahora incluso de países centroamericanos, donde el fútbol no es el primer deporte, muestran avances que los hacen más competitivos, con certeza podemos inferir que ya no podemos caer más bajo, donde más, es más estamos en un callejón sin salida, en el que último significa último y aún nos preguntamos cómo es posible que hayamos llegado a semejante nivel de mediocridad.



Culpables, no sólo es cuestión de buscar culpables y ajusticiarlos, lincharlos social, civil, deportivamente, seis son los segmentos poblacionales que hacen al fútbol, dirigentes, jugadores, entrenadores, árbitros, aficionados y periodistas, de estos, jugadores y árbitros son protagonistas, actores estelares, principales de la puesta en escena de cada partido, dirigentes y entrenadores son personajes secundarios, en tanto que periodistas y aficionados más que espectadores son los jueces y jurados, que fácilmente, desaprensivamente llegan a inculpar, a juzgar que la mediocridad, la lentitud, la escasa competitividad de nuestro fútbol, en orden de prevalencia recae principalmente en los árbitros, los segundos acusados vienen a ser los entrenadores, por último los jugadores, jamás se ha escuchado o leído que dirigentes, jugadores, entrenadores o árbitros hagan mea culpa, se auto incriminen y reconozcan sus deficiencias, errores, sus desaciertos.




Recordemos que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, erróneamente o pragmáticamente en nuestro fútbol el entrenador es considerado el eslabón más débil, difícil recordar la ingente, fabulosa, formidable cantidad de entrenadores nacionales y extranjeros que han pasado por los equipos y por la Selección, algunos no han llegado a pisar el gramado y ya estaban siendo “renunciados”, basta recordar que ayer era Antonio Carlos Zago, anteayer Gustavo Costa, antes Cesar Farías y así suman cuarenta y nueve los Directores Técnicos que han dirigido a la Selección Boliviana en noventa y ocho años, ahora con Antonio Zago renunciado, la dirigencia está a la búsqueda del nuevo eslabón débil, que de mal nombre le dirán entrenador.



Más que probablemente, quizá con seguridad la principal problemática del futbol boliviano no son los entrenadores ni los árbitros, son los jugadores, apropiadamente el problema de los jugadores de la selección boliviana de fútbol y de todo boliviano que juega profesionalmente fútbol, es cuestión de la mentalidad de cada uno, porque más allá del talento futbolístico, hay que entender las complejidades del cerebro, que cada vez está más presionado a responder al límite por las exigencias del deporte moderno. Es triste corroborar, comprobar como nuestros jugadores no tienen confianza en sí mismos, demuestran escaso amor propio, una auto estima bajísima que se evidencia en mayor grado, con mayor certidumbre al ver como se achican, como se achunchan, como le piden permiso a la pelota para patearla, cuando enfrentan a equipos foráneos, que recrudece y se vuelve un tema más que crítico si son equipos de primera línea, mucho peor si tienen jugadores de renombre internacional, en esas circunstancias colapsan deportivamente.




Sin soberbia, ni arrogancia con extremo grado de realidad, objetividad, podemos sostener, aseverar que podrían venir a dirigir a la Selección o a nuestros equipos Pep Guardiola, Jürgen Klopp, José Mourinho o Carlo Ancelotti y todo será igualito pero diferente, diferente porque sólo cobrarían mucho, muchísimo más dinero y no habrían resuelto el problema de mentalidad de nuestros jugadores. Por ello, antes que un entrenador prestigioso, nuestros jugadores precisan un psicólogo deportivo, si bien ya no podemos contar con Sigmund Freud o Abraham Maslow, difícilmente el afamado Steve Peters podría visitarnos o enseñarnos, quizá un discípulo suyo, que pueda demostrarles, hacerles entender que no son diferentes a ningún jugador del mundo, que tienen talentos por explotar, por demostrar, que tengan amor propio, más confianza en sí mismos, autovaloren sus capacidades, eleven su autoestima, si a eso suman disciplina, dedicación y esfuerzo en el trabajo, en la vida privada, en la alimentación, el triunfo y la alta competitividad no serán hechos fortuitos ni extraños.




Probablemente, pedir eso a jugadores que están en el otoño de sus carreras no va a ser viable, pero sí a niños, adolescentes, jóvenes que desean, quieren o están iniciando su carrera como jugadores profesionales de fútbol, caso contrario nuestros jugadores seguirán, continuarán revolcándose, regodeándose en ese maremágnum de mediocridad y nosotros festejando nuestras escasas glorias pasadas o algún empate o victoria fortuita, casual fuera de nuestras canchas, como si hubiéramos conquistado algún título.



 

Prefiero perder un partido por nueve goles que nueve partidos por un gol.

Vujadin Boskov

José Camargo

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