“No tengo miedo de un ejército de
leones dirigidos por una oveja;
tengo miedo de un ejército de
ovejas dirigidos por un león”
Alejandro
Magno.
El alba aún no despunta, el Sol todavía reposa, la
noche y la Luna aún reinan, pero el Emperador del Chapare ya ha recibido la
tercera o cuarta oleada de halagos, alabanzas y loas que alimentan su
enflaquecido ego y engrandecen su decaída vanidad, con seguridad antes que el
Sol alcance el Zenit se habrán postrado, desfilado, admirado y besado el anillo
del Emperador, cientos de sus vasallos, obedeciendo el mandato de hábiles y
pícaros cortesanos algunos son obligados a ingresar y reingresar diez, quince o
veinte veces, para mostrar al soberano, al líder de líderes que son miles,
cuando apenas alcanzan a un centenar, luego de besar el anillo del Emperador
obligatoriamente deben recitar, declamar los versos que al ingresar les hacen
memorizar los diestros zalameros: Eres el candidato único del Bicentenario.
Estás legalmente, constitucionalmente e internacionalmente habilitado para
participar en las elecciones. Los procesos judiciales en tu contra son
ilegales, son un invento de la derecha, de la nueva derecha, del imperio
norteamericano, del Gobierno traidor. Estamos aquí, no nos vamos a ir, hemos
venido de lejos para protegerte.
Por su parte el Don de los Dones se yergue, lenta y
pausadamente baja la mirada para apreciar a sus huestes, a sus súbditos, él también
reza los versos que hace veinte años algún esbirro obsecuente se los escribió,
todos obnubilados escuchan como en su atravesado y torpe español los recita
como si fuera la primera vez, para ver si se olvida alguna palabra o algún
punto aparte, aplauden a rabiar al ver que por enésima vez no se equivocó.
Los que no pueden asistir a rendir pleitesía, a
admirar, a alabar, a nutrir el ego del Emperador obligatoriamente deben
sintonizar la radioemisora expresamente creada y absolutamente dedicada 24/7 a
difundir su palabra, sus dichos, sus hazañas políticas, sus proezas sindicales,
muchas inventadas, otras agrandadas, exageradas y escuchar las alabanzas
matutinas, las loas vespertinas, los halagos nocturnos, que día a día
repetidamente, machaconamente incansablemente difunden, pregonan obsecuentes
portavoces, pseudo analistas políticos y pseudo periodistas que no paran de vociferar,
gritar a los cuatro vientos los versos anticapitalistas, antimperialistas,
anticolonialistas, antinorteamericanos, ya vetustos, arcaicos, ultrajados,
carcomidos de tanto ser recitados.
Es sumamente curioso, altamente sorprendente como la
palabra escrita del Emperador difiere diametralmente de su palabra hablada,
mientras su palabra escrita muestra riqueza, destreza lingüística, un lenguaje
pulcro que plasma y grafica correcta y perfectamente ideas, mensajes, opiniones
y vivencias, su palabra hablada es atravesada, torpe, pobre, sus recursos
lingüísticos son nulos, muchas de sus frases son inconexas, mucho peor le va,
cuando se pone o trata de leer algún párrafo, balbucea al tratar de leer
cifras, quedando en innegable ridículo.
Durante los catorce años que sus súbditos lograron
colonizar Bolivia, su Imperio limitaba con los países limítrofes de Bolivia,
hoy su Imperio se ve acotado, circunscrito a una región, a un enclave. Por su
innata cobardía, su inocultable temor ha decidido no dejar las cuatro paredes
de su refugio, de su bastión; sin embargo, para que no quede al descubierto su miedo,
su amilanamiento, sus leales cortesanos hacen correr la voz que son sus
súbditos quienes le obligan a permanecer en su fortaleza, en su cueva de donde le
impiden salir, porque aseguran que quieren acabar con la vida de su Emperador.
A pesar que los súbditos que le veneran, las tropas
que le defienden han disminuido enormemente, que ya no son los miles que le
“acompañaban” que se "beneficiaban" otrora en el apogeo de su reinado, sus más fervientes acólitos le
hacen creer, le convencen que aún tiene el mandato divino, la fuerza ideológica,
el poder político para extender nuevamente su Imperio, para volver a colonizar
Bolivia.
“A los imperios no los derriba
nadie.
Se pudren por dentro, se caen
solos.”
Rodolfo
Walsh







0 Comentarios