Ver sonreír
a Luna Sofía ilumina mi día y lo llena de felicidad
Dedicado
a Luna Sofía Gonzáles Camargo, mi querida nietita
De la Luna, la Luna Llena, es considerada la más
hermosa, más glamurosa, es cuando la Luna se muestra en toda su plenitud, cuando
exhibe su grandiosidad, su fastuosidad, brindando quietud, transmitiendo
sosiego, inspirando a juglares, fascinando a trovadores, cautivando corazones, seduciendo
a románticos. Desde sus albores, la humanidad le ha ido dedicando poemas,
cantos, odas, trovas, rimas, coplas y ha sido honrada, venerada como deidad residente
en el Olimpo, se sabe bella, se sabe única y eso la engríe, la envanece, la
endiosa.
En una de esas noches que la Luna se escondía en el
firmamento, soñaba y soñaba que nacía una nena y esa nena, que era hermosa se
apropiaba, se apoderaba de su nombre, lo hacía suyo, pero no era sólo el nombre
lo que perdía y eso la atemorizaba, la intimidaba, soñaba que su belleza le era
quitada, usurpada, arrebatada por esa nena.
Pasaron varios días y la Luna seguía preocupada, agobiada,
abrumada, el sueño no lo olvidaba, a cada instante su ceño arrugaba y sus
presunciones, sus sospechas se confirmaban, la nena de sus sueños era real, era
hermosa y como la Luna también era única.
Y fue en la tarde del once de enero del veinte
veintitrés que la nena vio la luz y la Luna sin ser vista por la ventana
atisbaba, espiaba y como sospechaba por primer nombre la nena el suyo portaba,
por segundo a la sabiduría acogía y la belleza todo su cuerpo cubría, Luna
Sofía era el nombre que sus padres habían elegido y todos lo habían celebrado, bendecido
y desde ese día decían la Luna se llama Sofía.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, los padres
dormían la Luna a Luna Sofía contemplaba, admiraba y sus celos, sus temores se desvanecían,
se disipaban, en amor y en ternura se convertían, se transformaban, porque
comprendía que su nombre y belleza podía compartir con esa nena que a la vida había
llegado, trayendo consigo mucha alegría y felicidad.
Y desde día la Luna brilla más que nunca, pues no
perdería su grandiosidad, ni su esplendor, menos su nombre, había ganado una
amiga, por eso cada noche, cuando la ciudad descansa, los padres descansan la
Luna sigilosa, cariñosa, suavemente cubre a Luna Sofía con un hermoso manto
blanco, protegiéndola, velando su plácido e inocente sueño, hasta el amanecer
cuando el Sol se asoma por la ventana y delicadamente le pide, le suplica que
se despida hasta el atardecer principiando el anochecer.
Y desde ese día Luna Sofía, se siente mucho más protegida,
más cuidada, muchísimo más amada no sólo por sus padres, por sus abuelos, sus
tíos, sino también por su querida amiga la Luna, cada día su indescriptible
hermosura, su apacible ternura, su inocente mirar y su dulce sonrisa conquistan
corazones, destrozan enojos, despedazan penas, enjuagan lágrimas, motivan
sonrisas.
Ver a Lunita Sofía recorrer, transitar esas primeras
horas, días, semanas, meses de ese camino, de esa senda que todos hemos
atravesado, hemos cubierto cuidados, protegidos por nuestros mayores, es
agradecer a la vida por permitirnos compartir, participar, espectar su crecer y
fundamentalmente amarla y darnos cuenta lo limitado, lo modesto que es nuestro
léxico, porque no encuentra las palabras, las frases más adecuadas, más acertadas
para describir, para reflejar no sólo el sentimiento, el amor que nos embarga,
sino para describir su belleza, su ternura, su inocencia, quien no quisiera ser
García Lorca, Neruda, Baudelaire o Bécquer para encontrar las frases y escribir
poemas, odas y versos para Luna Sofía, como lo hacen para su amiga la Luna.
Jose Camargo
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