Una Historia Lasallista
Cuando
estoy con un amigo no estoy solo ni somos dos
(Langlois)
El Tren “La
Salle 77”, partió de su primera estación allá por febrero de 1966, emprendiendo
una travesía que iba a durar doce años y en su trayecto cruzar por 10 estaciones
intermedias antes de arribar en octubre de 1977 a la 12va y última estación.
Es aún vivido el recuerdo de cada una de las estaciones,
en particular de dos que eran más trascendentales e importantes que las demás;
pues atravesarlas conllevaba un cambio, una transición, en la primera se acababan
los viajes de nivel Básico para iniciar los de grado Intermedio y la segunda nos
permitía transitar del nivel intermedio al grado medio.
En algunos trayectos dirigían el Tren, maquinistas
expertos que hacían del viaje una experiencia sumamente interesante y principalmente
placentera, en otros tramos era notoria la impericia del motorista principal y de
los maquinistas secundarios que solían hacer interminable, insufrible y tedioso
el recorrido por esos tramos de la travesía.
Solía suceder que en cada estación iban subiendo a
bordo nuevos pasajeros, pero también había pasajeros que se bajaban o dejaban
el Tren por distintos motivos. En mi caso, tuve que tomar el Tren en una
estación intermedia, la primera vez que intente subir a bordo fue allá por
1970, pero el Tren ya había partido y mi pasaje tuvo que ser transferido para
la siguiente estación. De esta manera en 1971 inicie mi viaje en el Tren La
Salle 77, junto a otros nuevos pasajeros y entre todos acompañar a los que ya
venían de estaciones anteriores.
Como todo equipo o máquina de uso altamente intensivo,
nuestro Tren tenía que ser mantenido y muchas veces reparado, a esos periodos por
tradición y costumbre solían llamar vacaciones, era en las estaciones de verano
e invierno, la vacación de verano era extremadamente larga, para tristeza y
enojo de nuestros padres y profunda alegría nuestra y la de invierno
extremadamente corta, para pena nuestra y desbordante jubilo de nuestros
padres.
Rutinariamente, a principios de febrero de cada año, para solaz y alborozo de unos e indisimulada tristeza y pesadumbre de otros, nuestro Tren, como muchos otros, emprendía un nuevo recorrido, un nuevo viaje que nos llevaba hacia la próxima estación, atravesando en ese itinerario, lo que para nosotros era desconocido, en ocasiones éramos testigos de cosas extremadamente interesantes y novedosas, descubríamos nuevos mundos, nos descubríamos a nosotros y principalmente en ese recorrer íbamos encontrando más que compañeros de viaje, amigos de vida.
En la medida que el Tren se iba lenta, gradual y paulatinamente acercando a su inexorable destino final, nosotros íbamos sufriendo cambios trascendentales de una niñez desprejuiciada e inocente, pasamos a una pubertad ruborosa y vergonzante al descubrir que nuestro cuerpo cambiaba de manera atroz e irreversible, para aparcamos en una adolescencia, extremadamente inexpertos, emocionalmente inestables, altamente inmaduros pero ingenuamente inmortales, casi dueños absolutos del mundo y crédulamente asegurábamos que el sol y las estrellas giraban alrededor nuestro.
Ya con ciertas nubes en el recuerdo no logro precisar cuántos compañeros fueron pasajeros durante la travesía de los 12 años o cuantos fueron pasajeros eventuales, transitorios que solo compartieron el viaje uno o pocos años. Cuando éramos el eje del universo, ese pequeño detalle marcaba y hacia la diferencia, hoy por más que me esfuerzo no logro encontrar diferencia entre un compañero que efímeramente estuvo en nuestro Tren o aquel que transitó todo el recorrido, o si salió o no salió en la foto de llegada a la estación final y esto porque una relación labrada a golpe de horas de aula no se mide por la cantidad de tiempo que pasamos juntos por años, sino por ese vínculo noble, sincero y puro llamado amistad.
No tenemos enojo en el corazón, pero si tristeza en
el alma, por la ausencia de muchos compañeros y amigos en la celebración de estos
cuarenta años de promoción; sin embargo, estamos presentes quienes con mucho valor,
cariño, desprendimiento, entrega y entereza nos atrevimos y nos propusimos recordar
los viajes de nuestro eterno tren lasallista. Estoy seguro de que, cuando
conmemoremos los 50 años del arribo de nuestro tren a su última estación, departiremos
no solo los que estamos hoy, sino todos aquellos compañeros que estuvieron a
bordo de nuestro tren.
Si a Dios se le ocurriese preguntarme, si volverías
a vivir tomarías de nuevo ese tren, sin dubitar ni vacilar y sumamente alegre le
contestaría si Señor, pero con una sola condición que vuelvan a compartir
conmigo los mismos compañeros, pues sin ellos los viajes no serían lo mismo.
Por último, recuerden,
La vida es como un viaje en tren, algunos comienzan
el viaje junto a ti, otros se suben a mitad del camino, muchos se bajan antes
de llegar, pero muy pocos son los que permanecen hasta el final.
Gracias y felicidades, Dios bendiga vuestros
hogares, queridos hermanos lasallistas.
La Paz, 07 de octubre de 2017




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