El hombre es el único animal que sufre tan
intensamente, que ha tenido que inventar la risa.
Érase una vez en el Reino de Oqaevelon, situado en una pequeña Isla del Mar de Aral, donde el pueblo celebraba la coronación de Antíoco como su nuevo Rey, muerto el Rey, viva el Rey coreaba la muchedumbre, Antíoco era sumamente despreocupado, exageradamente desaliñado, escasamente letrado, pero de talante soberbio y osadamente rudo, atrevidamente torpe, sin predilección por el protocolo, ni apego con la institucionalidad, notoria animadversión para cumplir, obedecer normas y leyes, quizá por ello, no bien recibió la corona, salió apresurado de Palacio con rumbo al Puerto real y se adentró en el Mar de Aral en una rústica, pero cómoda embarcación, volveré en unos días toscamente exclamó, nobles, cortesanos, vasallos, súbditos y la guardia real vieron sorprendidos como se alejaba la artesanal barcaza y Antíoco los dejaba plantados con el banquete y la fiesta reales que habían preparado, con sus discursos plagados de alabanzas, de palabras zalameras, de lisonja que hipócritamente habían escrito para la ocasión.
Transcurrirían quizá una o dos semanas desde su
coronación que allende el Mar de Aral se divisaba la pequeña y rústica nave que
traía de retorno al Rey Antíoco, atracado en el Muelle Real, el Consejero
Principal, el Capellán y el Ujier del Rey se le acercaron y temerosa,
tímidamente osaron, se atrevieron a preguntar a su Alteza donde se había
perdido todo este tiempo. Antíoco con mucho desparpajo, insolencia y desdén
sólo atino a responder, fui a recibir consejos de soberanos amigos, con envidia
pude apreciar que todos mis amigos tienen bufones y payasos que los divierten,
entretienen, no quisieron prestármelos, mucho menos vendérmelos, que difícil
época para encontrar estos personajes de entretenimiento, comentó, para luego ordenar
a nobles y cortesanos que le complacieran y buscaran prontamente bufones y
payasos para su diversión.
Pasaron cerca de tres semanas de intensa, incesante búsqueda
por villas, prados, campiñas de todo el reino, no quedó puerta sin tocar ni
piedra sin remover, pero no lograron convencer a nadie para que se encargue de
divertir al Rey, a pesar de ofrecerles vivir en el Palacio Real, donde tendrían
casa, comida, frustrados, decepcionados tenían miedo de volver a Palacio con las
manos vacías y enfrentar la furia de Antíoco.
Ante el fracaso y el miedo, a uno de los asesores se
le ocurrió, en realidad el Cocinero principal de Palacio sugirió, qué tal si a
todo aquel que ose contradecir, enojar, desobedecer, oponerse a nuestro Rey, se
le detiene, arresta y como castigo por atreverse a agraviar, contradecir a
Antíoco, se le condena a formar parte de la cohorte de Bufones y Payasos, de no
aceptar se lo destierra, encierra en las mazmorras, catacumbas oscuras del
Palacio, hasta el final de sus días.
Y el Rey Antíoco arrogante creyó que viviría feliz
para siempre, pues tenía una corte zalamera que lo adulaba, que satisfacía sus
más extravagantes caprichos, unos bufones que lo divertían y desde su ventana
divisaba a la muchedumbre, a la plebe a quienes bastaba que les dirija unas
cuantas palabras y arroje miseras migajas para que lo idolatren y adulen, él
estaba seguro y lo fueron convenciendo que su entronización era de origen
divino, que era un enviado celestial, que solo él podía reinar en Oqaevelon.
Su arrogancia, su soberbia le fueron cegando, no
quiso ver que se venía una revuelta, sus vasallos y cortesanos no le permitían
ver la realidad, hasta que, ante un motín que parecía simplón tuvo que huir, irónicamente
disfrazado de bufón hasta un reino muy lejano, más que a su reino, más que a su
pueblo extrañaba la lisonja, la adulación diaria y horaria que recibía.
Asesores, Consejeros de Monarcas que se compadecían
de su caída, de su voluntaria abdicación al trono le aconsejaron nombrar un
heredero temporal de su corona, para que enfrente y derrote a los rebeldes, a
los insurgentes, prepare su divino retorno y sea el pueblo quien pida, exija
que retorne su Rey Antíoco. De todos sus cortesanos, Cristeto fue el noble
elegido, para sucederlo y preparar su celestial retorno al trono de Oqaevelon,
fue elegido porque durante el no corto reinado de Antíoco, Cristeto formaba
parte de su séquito, no paraba de adularlo, de pagarle todos sus caprichos, de
comprarle todo lo que deseaba, era el cajero del Reino. Humilde, modestamente
Cristeto acepto y juro lealtad, sumisión a su presuntuoso, engreído, soberbio soberano,
prometió que el trono y la corona volverían a su verdadero y real dueño.
Pero, no habían pasado tres amaneceres de su
entronización que Cristeto, al probar las mieles del poder, las adulaciones, la
lisonja y la zalamería de la nobleza y de la corte que se arrepintió, se
lamentó de sus juramentos y promesas, preocupado, angustiado, perturbado convocó
a nobles, consejeros y cortesanos para que le dijeran como debía proceder, al
ver su ansiedad e inquietud le aconsejaron conseguirse bufones y payasos para
que sus penas, congojas, angustias se tornen en sonrisas, alegría, dicha.
Recordaron que el Palacio se quedó sin bufones ni prisioneros, pues,
aprovechando la huida de Antíoco, los que se le oponían obtuvieron su libertad.
Para conseguir bufones, siguieron la receta del Cocinero Real, todo aquel que
se oponga a Cristeto, deberá entretenerlo, divertirlo o vivir en las mazmorras palaciegas
y así Cristeto consiguió, prácticamente los mismos bufones y payasos que
divirtieron a Antíoco.
Antíoco, montó en colera, sus siervos, vasallos,
consejeros no supieron explicar que le fastidiaba más, que le irritaba más, que
su delfín quiera apoderarse del trono, que su heredero no obedezca sus órdenes
o que sus bufones y payasos diviertan, entretengan a su infiel, desleal sucesor.
Para no irritar, enfadar más a Antíoco, le aconsejaron
a Cristeto que permita a los Bufones y Payasos palaciegos divertir, entretener
de vez en cuando, de tanto en tanto a Antíoco y a sus fieles nobles y cortesanos,
si bien sentía que su amor propio, su ego, su orgullo quedaban heridos, de mala
gana, a regañadientes aceptó compartir con Antíoco sus Bufones y Payasos.
Hasta la fecha, no se ha podido encontrar algún
escrito o libro de la época medieval que permita aseverar, evidenciar que
Oqaevelon realmente haya existido, pero relatos ancestrales, mitológicos que
han llegado hasta nuestros días sostienen que existieron dos pequeños pueblos
en una Isla del Mar de Aral, llamados Kheokkara y Chonatia, una gobernada por Cristeto
y la otra por Antíoco, que desaparecieron luego que se enfrascaron en cruentas,
sanguinarias disputas, contiendas por convertir ambos pueblos en uno solo reino,
cuenta la leyenda que el único acuerdo que alcanzaban era prestarse bufones y
payasos, éstos incansablemente, rutinariamente se trasladaban de Chonatia a
Kheokkara, de Kheokkara a Chonatia para divertir indistintamente, entretener
por igual a Antíoco y a Cristeto durante sus treguas.
Estudiosos de mitologías y tradiciones, aseguran que
opositores políticos de estos tiempos, tienen extraño parecido, curiosa
similitud con los opositores de esos reinos mitológicos, de esos pueblos míticos.
Siempre habrá bufón que viva disfrazado de
príncipe
Autor desconocido
José Camargo T.













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