02: El quieroqueismo o el Yo quiero y qué

Triste y lamentablemente, el quieroqueismo o el Yo quiero y qué, es el principio básico de la filosofía de vida de la mayoría de nuestros coterráneos, que rigen su estilo y forma de vida, orientan su comportamiento y se autorrealizan, haciendo lo que quieren en el momento o instante que simple y llanamente se les ocurre, antoja o place. Esta actitud explica y justifica la desobediencia, la trasgresión, el incumplimiento, el desacato de normas, pues se parte del yo quiero hacerlo y qué, nadie se puede oponer. La soberbia, la rebeldía malentendida y el impulso de hacerlo se mancomunan, sin respetar o contemplar si se perjudica a alguien o se infringe una disposición, se olvida que los derechos individuales terminan donde comienzan los derechos de los demás.

En muchas ciudades, el tráfico se rige por la ley del más fuerte, los semáforos, señales y policías de tránsito que regulan o prohíben la circulación o el estacionamiento con el afán de ordenarlo, son simples adornos o figuras decorativas que ilustran el paisaje urbano. Para muchos peatones cruzar la calle por donde, como y cuando quieren es un impulso que ipso facto convierten en realidad, no importa si el semáforo dio luz verde al tráfico, basta con esquivar a los motorizados cual torero afamado.

Es tan delgada la línea que separa una marcha, un bloqueo motivado por una protesta legítima o por la simple demostración de fuerza, de poder de dirigentes gremiales, vecinales, sindicales, cívicos o políticos que, la sociedad ve indiferente estos movimientos y los considera parte del folklore local, pues, no hay día que no haya una marcha, un bloqueo, el motivo más banal, más fútil es utilizado o provoca una marcha, un bloqueo, porque ellos quieren y qué. En muchos de estos movimientos hay tanta indolencia, tanto ensañamiento que cruzan la línea de la protesta reivindicada constitucionalmente y se torna en un delito penalmente punible. Pero, la sanción forma parte de la negociación y todos felices, excepto los perjudicados, los damnificados.

El llamado al baño, en horas diurnas, nocturnas o vespertinas, con la escasez de baños públicos, es pronta e inmediatamente solucionado con la simpleza de buscar la parte trasera de un auto, un callejón o una puerta, con cerrar los ojos y silbar se materializa el deseo. Algo similar sucede con los vendedores callejeros ocasionales que tienden su plástico o manta donde les da la santa y real gana, ya no es extraño ver a alguien vendiendo carnes o tubérculos en aceras de céntricos paseos urbanos.

Es normal ver gente molesta, enfadada y ofendida porque se le obliga a formar una fila, a cumplir un plazo, un horario, un procedimiento, pues, somos parte de un pueblo que histórica y tradicionalmente se ha acostumbrado a que se amplíen plazos, se posterguen vencimientos, se flexibilicen normas, se condonen deudas tributarias y si por alguna razón o situación estos hechos no se dan, a los responsables se los tilda de insensibles, indolentes, inhumanos y se llega a la desfachatez, insolencia de propiciar marchas, bloqueos, etc.

La impuntualidad, eufemísticamente denominada hora boliviana o el endémico atraso, más allá de lo anecdótico, de lo risible, de la falta de respeto que representa es un mal tan arraigado y real que llegar tarde no solo que es normal y muy tenido en cuenta a la hora de definir un horario, sino que los puntuales son mal vistos.

Intentar erradicar, extirpar el quieroqueismo, es una tarea titánica que precisará de políticas educacionales serias, responsables, sostenibles y de largo aliento. Lamentablemente líderes y dirigentes de movimientos políticos como el actual alientan, impulsan, justifican por su conveniencia el caos, el desorden, aplauden, celebran el desacato, la desobediencia, la rebeldía, lo que nos hace vislumbrar, avizorar un panorama altamente funesto, mientras no haya la firme voluntad y decisión política de cambiar y erradicar ese mal endémico.

Críspulo Abundio

Tres de enero de dos mil veintiuno


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